24 de diciembre es una fecha que nos une como sociedad. A las doce levantamos las copas, brindamos, abrimos regalos, comemos en exceso. Todos diríamos, y es lo que siempre nos dijeron, que celebramos el nacimiento de Jesús pero ¿realmente conmemoramos eso?
La celebración del 25 de diciembre en realidad se remonta a las fiestas paganas popularizadas por los romanos denominadas Saturnalias.
En cualquiera de los casos, la Navidad supone y conlleva tiempo de celebración. Probablemente sea la celebración más importante en Occidente.
En la era de mayor progreso de la humanidad, esta fecha se volvió totalmente funcional a ella, el capitalismo. Sin ir más lejos, los colores de la navidad los impuso Coca-Cola, la representación más viva del capitalismo.
Y es que todo el tiempo se nos dice que se trata de un momento de paz, amor y fantasía pero el mensaje entre líneas afirma que la idea de compra es igual a felicidad, con un mensaje bastante macabro: quiero que gastes mucho para probar que amás a tu familia.
Compramos, ponemos luces de colores en los arbolitos – lo más luminosas posibles- comemos en abundancia y regalamos cosas lujosas y costosas. Llegamos a gastar lo que no tenemos para demostrar amor, siendo totalmente funcionales al círculo.
En el fondo sabemos que nuestros seres queridos ya tienen su mejor regalo: el amor, el cariño y pese a las circunstancias de cada uno, el poder estar juntos. Si el 2020 nos enseñó algo es que hoy estamos y mañana, no sabemos.
Aunque el capitalismo, todos los días, a todas horas, nos bombardea con su publicidad asfixiante, haciéndonos sentir mal, para que la rueda del consumismo siga dando vueltas tenemos que aprender a ver la mentira barata del capitalismo: la felicidad no se compra