Haciendo un puente entre neurociencia y educación

La neurociencia fue, y sigue siendo hoy, un tema intenso de debate. En el aniversario  211 del nacimiento de Sarmiento, prócer de la educación Nacional, hablamos de cómo la ciencia que estudia el cerebro humano aporta a los nuevos estudios y formas de pensar la educación.

 

​​En 1975, Carl Rogers, psicólogo estadounidense y precursor del enfoque humanista,  dijo que el hombre ha aprendido a aprender, a cómo adaptarse y cambiar. 

 

Este postulado podría sintetizar, básicamente, lo que la neurociencia educativa estudia. Vamos por partes.

 

Las neurociencias son  el conjunto de disciplinas cuyo objetivo de investigación es el sistema nervioso, poniendo el acento en la actividad del cerebro y su relación con nuestros comportamientos.

 

Nacen como un “paraguas epistemológico” que reúne a diferentes disciplinas (física, psicología, filosofía, medicina, biología, química, entre otras) con la intención de conocer la estructura, la función, el desarrollo, la bioquímica, el funcionamiento neuronal y la patología del sistema nervioso, así como la forma en que sus diferentes elementos interactúan, dando lugar a las bases biológicas de la conducta.

 

Junto con la educación, conforman estudios que buscan comprender e interpretar el hecho educativo. Las investigaciones realizadas en relación a la memoria, la motivación, la motivación y el aprendizaje, entregaron importantes aportes al campo educativo. 

 

Uno de los  principales aportes de esta disciplina, sin pretender soluciones mágicas, es el de la plasticidad neuronal. Es decir, la certeza de que las conductas efectivamente pueden modificar la estructura neurológica y no solo en caso contrario. 

 

El impacto del estrés, de la nutrición, del sueño y del contexto socioeconómico sobre la estructura y función del cerebro, son reales.

 

Dentro de los dominios en los que se ha hecho avances significativos, se encuentra la lectura, una habilidad que no es natural sino cultural. La posibilidad de utilizar estructuras preexistentes como la visión y el lenguaje y generar una capacidad nueva como la lectoescritura, demuestran aquella plasticidad neuronal.

 

Es decir, una habilidad que comienza como cultural, sufre procesos que la lleva a funcionar como innata. “Una vez que una persona ha sido alfabetizada, el cerebro cambia y desarrolla una red de áreas neurales que permiten reconocer, comprender y pronunciar palabras escritas”.  

 

Aunque la comunicación entre ciencia y educación existe, los denominados puentes entre ambas disciplinas todavía no tienen cimientos fuertes y deben ser tratados con cuidado. 

 

Valeria Abumsara, doctora en lingüística de la UBA en comunicación con FiloNews afirma que  tal puente todavía constituye una promesa más que una realidad y advierte que “la búsqueda de respuestas a cuestiones educativas en las ciencias del sistema nervioso solo ha aparecido recientemente y esto tiene que ver con el alcance de las investigaciones”.

 

Se debe seguir construyendo las relaciones en dirección bidireccional, es decir que no se trata de que las ciencias aporten soluciones mágicas a la educación sino, más bien, de un aporte mutuo. 

 

Neurólogos/as, psicólogos/as, lingüistas, fonoaudiólogos/as, psicopedagogos/as y terapistas ocupacionales: todes deben hacer su aporte al intercambio para generar un  compromiso interdisciplinario y así comprender el más complejo órgano de nuestra anatomía.

 

Esto significa que las ciencias pueden contribuir a la investigación básica en educación, pero no de forma directa respecto de la enseñanza en el aula. 

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