Macedonio Fernández, el gran maestro de los escritores argentinos

Jorge Luis Borges dijo alguna vez “Definir a Macedonio Fernández parece una empresa imposible, es como definir el rojo en términos de otro color. Entiendo que el epíteto genial, por lo que afirma y lo que excluye, es quizás el más preciso que puede hallarse”.

 

Macedoni Fernandez fue un gran escritor argentino, autor de novelas, cuentos, poemas y textos que no tienen clasificación.

 

Nacido el 1º de junio de 1874 en el seno de una familia acomodada, cursó sus estudios en el hoy Colegio Nacional de Buenos Aires y a los 24 años se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires.Ya de muy joven comenzó a publicar en periódicos pequeños relatos cotidianos. En general se dedicó a escribir textos de extraños títulos que pocas veces publicaba, ya que nunca tomó en serio la profesión de escritor.

 

“A Macedonio la literatura le interesaba menos que el pensamiento y la publicación menos que la literatura. Consideraba que escribir y publicar eran tareas subalternas. Sus relatos tienen el sabor de lo espontáneo; también la frescura y el descuido del artículo periodístico”.

 

De hecho, de todas las obras que conocemos de él, solo llegó a publicar una: No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928). El resto de su producción fue editada posteriormente por interés de sus amistades.

 

Macedonio fue parte de los llamados martinfierristas, un grupo de escritores parte de la prestigiosa Revista Martín Fierro de los años 20.

 

Su papel en este grupo de escritores modernistas era el del maestro. “Macedonio hablaba como al margen del diálogo, y, sin embargo, el diálogo era su centro. Trataba siempre de ocultar, no de exhibir, su inteligencia extraordinaria” recuerda Borges.

 

Con una mentalidad joven y una influencia literaria decisiva logró que los jóvenes Borges, Güiraldes, Marechal, Scalabrini Ortiz y Cortázar, se encuentren y reencuentren con lo argentino para que luego hagan uso de los conocimientos de las vanguardias europeas que proponían la ruptura de tópicos formales y convencionales.

 

En ese círculo se destacaba la narrativa de Macedonio Fernández: un escritor que, inusual en aquel momento, cuestionaba fuertemente a la figura del lector, obligándolo insistentemente a interrogarse -acción que también practicaba personalmente-.

 

De todas sus obras, tan sólo llegó a publicar una, No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928). El resto de su producción literaria se editó posteriormente gracias al interés de sus amigos. Siendo Borges el martinfierrista más cercano a él, fue quien reconoció repetidas veces la influencia de aquel en su narrativa.

 

En el funeral de Macedonio, Borges lo definió así: “fue filósofo porque anhelaba saber quiénes somos (si es que alguien somos) y qué o quién es el universo. Fue poeta, porque sintió que la poesía es el modo más fiel de transcribir la realidad […]. Fue novelista porque sintió que cada yo es único, como lo es cada rostro, aunque razones metafísicas le hicieron negar el yo. Metafisica de índole emocional, porque he sospechado que negó el yo para ocultarlo de la muerte, para que, no existiendo, fuera inaccesible a la muerte”

 

En alusión a esto último, Macedonio alguna vez expresó “No sé si existe Dios y no admito que haya castigos y bienaventuranzas, pero creo firmemente que la chispa que arde en nosotros no puede ser aniquilada y que tiene un destino más consolador que la caza del oro.”

 

Su obra polifacética y polifónica, no llega a tener el reconocimiento que se merece, sin embargo es más que importante destacar el antecedente fundamental, aunque secreto, que significó para la  literatura argentina del siglo XX. En el aniversario de su muerte, desde Corte Media le rendimos nuestro pequeño homenaje.

 

 

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