Lo Bello y lo Triste de Yasunari Kawabata: en las fronteras del silencio y la palabra

La narrativa de Yasunari Kawabata es considerada como parte del paradigma literario nipón en el mundo occidental. Tras haber ganado el Premio Nobel, en 1968, sus obras se  estudiaron con mayor vehemencia en los últimos años. El hacerse conocido le posibilitó mostrar la cotidianeidad del pueblo japonés, más allá de las construcciones ideales y prototípicas. En la vida y la historia japonesa el budismo zen está muy presente.

El mismo Kawabata en su discurso del Nobel reflexiona sobre dicha práctica:

El discípulo Zen se sienta largas horas en silencio inmóvil, libre de toda idea o pensamiento. Abandona su propio ser y entra en el reino de la nada. No es la nada o el vacío de Occidente. Es, más bien, lo contrario, un universo del espíritu en donde todo se comunica libremente con el resto, trasciende los límites, es infinito.

La obra Lo bello y lo triste (2003) narra la historia de amor de Oki y Otoko, en medio, se entrelazan historias y personajes, se construyen símbolos, se despliegan los paisajes y los monumentos de las múltiples ciudades niponas. Sin embargo, durante todo el relato los sucesos de mayor tensión parecen evitarse. A los personajes los rodea el enigma, un halo distante y misterioso. 

¿Por qué eliden los temas más tensos? ¿Qué hay detrás de lo que nos ofrece la inmediatez de la lectura? 

El arte budista tiene mucho que ve en la constitución de la estética de Lo Bello y lo Triste y se hace tangible en la naturaleza elíptica de su prosa. Considerando que el silencio para los japoneses es un medio expresivo, no solo ausencia de enunciado, es imprescindible comprender de qué manera funcionan las elipsis en la novela de Kawabata para comprender su literatura.

Considerando el modo en el que los temas-indecibles se sirven del vacío discursivo, podríamos catalogar a  lo ‘bello’ como las descripciones de paisajes y monumentos y ‘lo triste’ como el amor y la muerte.

Paisajes

Un gran lugar de indecibilidad de la novela es la descripción de paisajes, metáfora fundada en la elipsis. La preocupación y dedicación que la cultura japonesa pone en la naturaleza y sus alrededores, reflejada en su historia, su vocabulario, su filosofía y religiones, es utilizada para bordear los verdaderos nodos de la trama. La descripción a priori excesiva y un tanto irracional, es siempre cercana a un momento tenso en la historia. Lo verdaderamente ‘bello’ de Japón y de la historia de la novela, son sus paisajes. Estas grandes descripciones de la naturaleza, cumplen con la función de mantener el equilibrio y responden al carácter animista del sintoísmo, una de las religiones del pueblo nipón.

Amor y Sexo

Otra de las elipsis más contundentes es aquella que se refiere a la aventura amorosa de Oki y Otoko ya a pesar de que los personajes no tienen la capacidad de nombrarlo, el contexto situacional nos ayuda constantemente a actualizar y a llenar de sentidos esos momentos incómodos. Sin embargo, a sabiendas de lo que se trata, ¿Por qué los protagonistas de la novela no pueden/quieren poner en palabras lo sucedido?

Muerte

Se trata de la elipsis que evita nombrar las muertes. La postura del autor frente a la idea de muerte se asemeja mucho a la idea Occidental, de lugar imposible de nombrar ya que, si tenemos en cuenta la posición de las culturas orientales frente a tal idea, encontramos que aquellas no admiten dualidades entre la vida y la muerte e incluso una de sus religiones, el budismo –apoyada en la idea del karma- motiva el suicidio. La muerte es concebida por los japoneses, como el resultado de un movimiento natural del universo, que puede tomar ambas formas. Por tanto, esta elipsis en particular es la que más ilumina la occidentalización de Kawabata.

La recursividad

Si se asume que la recursión es entendida como estructura que puede contener otra del mismo tipo, apelando a la idea de repetición como otro tipo de elipsis, pueden observarse episodios y elementos en ByT que se abren a la recursividad: una serie de símbolos constantes a lo largo de toda la trama que, indudablemente, contienen u ocultan algo más importante.

Las butacas que giran como indicio de que se está por hablar de un tema pasado, inconcluso, que gira en su propio eje. Las pinturas como descripción de cada uno de los momentos claves de la historia, cumpliendo con la consigna de poner una estructura en lugar de otra. Estos y otros elementos que cumplen con una circularidad, una re-visión de elementos que rodean a los nodos narrativos. Se hace uso de la palabra en estructuras circulares para evitar lo que se quiere decir, rodeándolo.

Los espacios saturados por elipsis se regulan en la relación obra-lector. He aquí su importancia. La incómoda certidumbre de que existe un secreto crucial y determinante que se escapa, se resuelve como espacios de interpretación personal de cada lector que encuentra en la multiplicidad del vacío potenciales significados.

 

Mediante el pacto referencial que establece con la obra, el lector acepta la información que no se da en el texto, pero que sabe que señala una realidad-otra. A partir de este pacto, el lector sabe que no debe pretender poner en palabras lo suprimido y acepta que hay algo real-verosímil que no se puede nombrar pero es parte del total de lo que se busca transmitir. Los ‘silencios’ sutilmente previstos de claros significados, son percibidos por los buenos entendedores. La historia puede avanzar sin nombrar porque el lector puede actualizar esos espacios.

Tanta es la inclinación por los espacios no-verbales que la lengua japonesa designa un término para la conveniencia de callar ante la imposibilidad de comunicar la profundidad de ciertos temas/situaciones: furyū monji.

¿Se puede hablar de una semiosis de la elipsis? Sí. Estos silencios reconocidos y clasificados a lo largo de la novela tienen un sentido, un por qué suceden: todas tienen en común la temática del amor del pasado, el dolor, la traición y dos amantes que se reencuentran después de muchos años, es decir, lo que no se puede nombrar en ByT es justamente lo triste.

La no-acción que acá denominamos elipsis/imposibilidad de nombrar, se justifica en hechos que desbordan la palabra, ubicados en la frontera máxima de la expresión lingüística, muy próxima a la expresión corporal que no necesita de otro tipo de argumentos. El silencio como respuesta no significa una eliminación de la misma, sino una superación de cualquier tipo de contestación. Hay lugares que no se pueden nombrar, porque no haciéndolo se evita que el personaje caiga en un abismo irrecuperable.

Reflexionado sobre las costumbres del pueblo nipón, resulta necio querer explicar con palabras una lógica minuciosa que excede la estructura verbal. No todo lo que se dice representa el total de que vibra en torno nuestro, con sus causas y consecuencias, porque vivimos rodeados de acontecimientos caóticos y confusos que nos sobrepasan constantemente. 

En la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la insinuación. Lo bello no es una sustancia en sí, sino un juego de ‘claroscuros’ producido por la yuxtaposición de las diferentes estructuras que van formando el juego sutil de las variaciones del mensaje.

Y si bien se corrobora que esos lugares de indecibilidad se condicen con Kawabata y su cultura natal, no estaría mal si pensáramos que nosotros, occidentales-americanos-argentinos del siglo XXI, hacemos uso de los mismos mecanismos aunque la cultura a la cual pertenecemos sostenga que la elipsis sea ausencia de información y la belleza sea siempre aliada de la luz. 

Poder reconocer que lo no-dicho implica algo que está oculto pero que es indispensable para comprender el mensaje puede significar que, aunque sea un poco, aquella lógica oriental ha logrado permeabilizarnos.

 

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